All photographs by Paul Jarvie (Todas las fotografías son de Paul Jarvie)

Un Legado Injusto

Traducción de Silvia Moreno Parrado 
(English version here.)

 

PAUL KOZAK HABLA ante el micrófono en el auditorio del East Boston High School, una tarde de principios de febrero. En la mano sostiene un pez muerto, visible desde la sala. Te imaginas su ojo mustio, el tufo a descomposición que la bolsa de plástico mantiene a raya. La sala está en silencio, salvo por algún murmullo furtivo. Los funcionarios trajeados que hay sobre el escenario escuchan a Kozak, con la vista clavada en el pez. Está protestando por la parcialidad de una sesión pública y la imposibilidad de que los vecinos de la zona influyan en ella.

Kozak pide a los miembros del Energy Facilities Siting Board, el comité sobre servicios energéticos de Massachusetts, que se replanteen la instalación de una subestación eléctrica de alta tensión no lejos de donde él mismo vive, en el barrio de Eagle Hill, en East Boston, cerca de Chelsea Creek. Tras él, vecinos y simpatizantes que comparten sus preocupaciones. Sujetan en alto pancartas de cartulina de colores fluorescentes y visten camisetas a juego diseñadas por GreenRoots, un grupo en favor de la justicia medioambiental que organizó a muchos de los presentes. Los empleados de Eversource, la compañía eléctrica que solicita construir la subestación, bordean las paredes de la sala. Eversource afirma que el proyecto es necesario para atender la creciente demanda de electricidad de la zona, y que la ubicación y el diseño que plantea reducirían al mínimo los costos de producción, que se trasladarían a sus abonados. Aunque, con la autorización aún pendiente, pretenden construir a media milla de aquí, ésta es la primera vez (5 de febrero de 2019) que el comité y Eversource mantienen una reunión pública en East Boston.

Kozak se dirige al comité: “Hablo como vecino de East Boston. Mi casa es, probablemente, la tercera más cercana a la nueva ubicación de la planta; calculo que las separan unas sesenta yardas. Tengo tres hijos, de seis, cuatro y dos años. Hablo también por ellos.” Su tono es contenido, en un intento de templar la rabia que se palpa en la sala.

Kozak es uno de entre las decenas de oradores que van a hablar hoy. Elena Letona, nacida en El Salvador y directora de Neighbor to Neighbor, una organización en defensa de los derechos de los inmigrantes, aporta también su testimonio. Su voz es alta e imponente: “¿Alguno de ustedes vive en East Boston o en Chelsea? Imagino que no. Sabemos de sobra que esta zona sufre las amenazas y consecuencias medioambientales que implica dar servicio a muchos de los barrios de fuera de East Boston.” Tiene bien estudiadas las pausas y los silencios entre sus frases. “A los suyos, tal vez.”

El lugar propuesto para la subestación está frente a Chelsea Creek, que alimenta los tipos de actividad industrial necesaria para el resto de Boston y la región. El río separa East Boston y la ciudad de Chelsea; su cuerpo está plagado de males. Los enormes bidones circulares y las barcazas a la deriva dejaron sustancias contaminantes en su brillante superficie. Hileras de casas apretadas flanquean la autovía que discurre entre ellas y el agua. Las presiones industriales de East Boston forman parte de las largas cadenas de suministro de Nueva Inglaterra: el gasóleo para calefacción, la sal y el combustible de aviones de los que depende el resto de la región se encuentran aquí. Los vecinos que asisten a la sesión sobre la subestación lo señalan enseguida: la apabullante imposición de infraestructuras en sus comunidades es ya algo habitual y los lleva obligando a reprender a funcionarios públicos y dirigentes empresariales en auditorios de institutos, ayuntamientos y centros sociales desde hace décadas. Estas luchas se remontan a la ampliación del aeropuerto Logan, en la década de 1960, y entre ellas está la de hallar términos medios razonables entre crecimiento económico, zonas verdes, contaminación, ruido, salud y calidad de vida.

Fran Ippolito Riley, una activista que lleva setenta y seis años viviendo en East Boston, ofrece su testimonio. Sermonea a los funcionarios que tiene enfrente, subidos en el escenario, como una madre severa que acaba de sorprender a su hijo portándose mal. “Se irán de aquí esta noche y se darán cuenta… Cuando hablamos del aeropuerto, de los túneles y de todo lo demás, ustedes no entienden. No viven aquí. Esta subestación eléctrica es lo más feo que vi en mi vida. Ponerla ahí es como poner una salchicha en un cannolo italiano.”

El público se ríe y aplaude, aunque desde la secretaría del comité se dieron antes instrucciones explícitas de no aplaudir entre las intervenciones.

Riley termina su testimonio con una declaración: “¿Saben qué? No va a pasar.”

Esta escena es representativa de la política local en East Boston. El futuro de una parcela de tierra se decide a través del confuso análisis técnico de un constructor, a menudo un promotor o alguien con intereses empresariales. A la población se le deja que responda con teatralidad para convencer a los funcionarios de que la escuchen. En la sesión de esta noche, los vecinos expresan sus preocupaciones con riguroso detalle y suman sus opiniones a los enrevesados procesos de emplazar la infraestructura energética. Pero el comité ya aprobó el proyecto en noviembre de 2017, tras una larga batalla judicial con una planta de procesamiento de pescado cercana, Channel Fish. Louis Silvestro, el dueño de la planta, creía que la subestación afectaría negativamente a sus instalaciones. En 2016, contrató a expertos y abogados para que intervinieran en el caso. Tras su intervención formal, la compañía eléctrica aceptó levantar el proyecto 190 pies más lejos de la propiedad de Silvestro, lo que suponía levantarlo 190 pies más cerca del parque American Legion. Además, el nuevo emplazamiento propuesto cae cerca de Condor Street Urban Wild, una parcela de suelo municipal recuperada que los activistas de la comunidad ayudaron a transformar en una zona verde. El cambio de ubicación de la subestación reabrió el proceso de evaluación por parte del estado.

La zona tiene una larga historia industrial y su designación como puerto permite que esa historia continúe. Unos inmensos cilindros blancos dominan el paisaje. En estos tanques, gestionados por Sunoco, se almacena todo el combustible de aviones del aeropuerto Logan. En el lecho del río hay ya asentados agentes contaminantes industriales, como los bifenilos policlorados o PCB. Estos contaminantes remontan las cadenas alimentarias ribereñas y terminan alojándose, en forma de depósitos carnosos, en los peces del río. Por el agua corren también hidrocarburos de petróleo, los restos químicos de los vertidos de crudo.

Hace veinte años, un remolcador colisionó por accidente con un enorme petrolero al que en teoría iba guiando y le perforó el casco. Alrededor de cincuenta y nueve mil galones de gasóleo se derramaron en el río, lo que superó el último gran vertido, que había tenido lugar seis años antes. En un extremo de Chelsea Creek hay una terminal de Exxon Mobil, que vertió otros quince mil galones de combustible al río en 2006 y provocó que se filtrara chapopote a las aguas. Estos incidentes vienen definidos por la negligencia, y a los vecinos no les queda otra opción que soportar sus consecuencias. Sin embargo, a lo largo de las décadas, los activistas del vecindario también ayudaron a limpiar la zona y frenar la instalación de más infraestructuras peligrosas.

Este río navegable alberga el pasado y presente industrial de Boston, muy lejos de los impecables senderos para corredores a lo largo de Charles River o de los bloques de departamentos que ahora flanquean el puerto sur de la ciudad. Sus cualidades están casi obsoletas en el contexto del futuro cosmopolita de Boston. Al seguir Boston el mismo camino que otras ciudades posindustriales del mundo, su producción económica ya no es de naturaleza material. Chelsea Creek es un lugar que demuestra las nefastas consecuencias ocultas de este estilo de vida urbano, el idolatrado corazón de la ciudad posindustrial.

 

El puerto de Boston nunca dejó de estar en funcionamiento. En East Boston, es mayoritariamente industrial.

 

Los residentes ocupan varias hileras en el auditorio del instituto y quienes van a hablar forman una larga fila. Tina Kelly, expresidenta de esta asociación vecinal del barrio, cuenta que la situación actual es ya conocida: “Vine a muchísimas reuniones en esta misma sala, siempre a luchar. Es agotador. Soy madre y estoy intentando criar a mis hijos.” Luego, Kelly menciona la incautación de zonas verdes por parte de la Autoridad Portuaria de Massachusetts, el operador del aeropuerto Logan. “No sé si alguno de ustedes conoce la historia de esta comunidad,” dice. “Están siempre quitando, quitando y quitando, y nunca nos escuchan.” La rabia y la frustración ante la sesión pública son aquí profundas y se palpan en el ambiente.

“Esta noche ya oyeron muchas cosas,” dice Kozak, “y a veces lo que necesitamos es ver. Así que traje conmigo un pez muerto. Eversource admitió que la alta tensión afecta a los peces y, sin embargo, ¿el siguiente paso lógico es acercar la central a un parque?”

 

East Boston, o, cariñosamente, “Eastie,” es una península que sobresale de Greater Boston. Su tierra está rodeada por las olas azules del puerto, que suben y bajan con la marea y rompen en su litoral. La recortan los filos dentados de muelles y dársenas, bordeados de industria pesada. Desde el sur, el túnel Ted Williams discurre sumergido bajo el puerto de Boston, hasta el aeropuerto Logan. En torno a su lado sur, los barcos entran en el puerto empequeñecidos por las líneas apresuradas que dibujan el contorno del Seaport y las amenazadoras torres del centro de Boston. Al norte, las aguas de Chelsea Creek, con sus barcazas descomunales y sus bidones de petróleo apiñados. En Beachmont, una franja de tierra conecta East Boston con la vecina zona de North Shore. Hay una marisma por la que periódicamente fluye el agua salobre del océano.

La península es frágil en su acuoso aislamiento, pero sus comunidades están muy unidas, ligadas por el agua y los anillos de infraestructuras que se extienden junto a ella. Los vecinos de Eastie viven, por lo general, en casas de tres plantas, de colores pastel desvaídos. La estación de metro de Maverick Street rezuma bullicio urbano y vida en común; las fachadas de sus mercados, lavanderías, restaurantes y panaderías están salpicadas de anuncios en español. Los límites de East Boston en Orient Heights son más tranquilos, con los callados tonos costeros de un pueblo de veraneo de Nueva Inglaterra. Eagle Hill es sobre todo residencial, hasta llegar al río. Algún que otro departamento parece apoyarse en talleres mecánicos y tiendas de barrio.

La península es frágil en su acuoso aislamiento, pero sus comunidades están muy unidas, ligadas por el agua y los anillos de infraestructuras que se extienden junto a ella.

En décadas pasadas, East Boston fue un enclave de inmigrantes irlandeses e italianos. Eastie es un punto de llegada; a menudo, el primer paso en tierras estadounidenses para familias que se asientan aquí por generaciones. Hoy en día, la estación de metro de Maverick alberga máquinas expendedoras de periódicos, de color rojo chillón, en las que se venden El Mundo y El Planeta, dos de los periódicos en español de Greater Boston. En las tiendas de alimentación se anuncian productos colombianos, salvadoreños y de otros países de América Latina. Los años noventa trajeron un flujo de inmigrantes procedentes de América Latina; hoy, la mitad de los cuarenta y cinco mil residentes de East Boston son nacidos en el extranjero. El puerto salobre de Eastie recibió a recién llegados que huían de persecuciones, guerras, violencia o pobreza. Esta herencia mestiza es visible en las calles y escaparates y también está presente en la sesión que se celebra en el East Boston High School.

En la sesión, otros vecinos toman la palabra en español, en solidaridad con los latinos que quedaron fuera del proceso. Durante una sesión determinante celebrada en noviembre de 2017, el comité no facilitó servicios de interpretación bidireccional en español ni en portugués, hablado por los inmigrantes brasileños de Eastie, ni tampoco, de hecho, en ningún otro idioma. Aunque los miembros del comité pudieron oír la interpretación al inglés de los testimonios en español prestados por miembros de la comunidad, a éstos no se les facilitó interpretación alguna de las actas de la reunión, que estaban en inglés. Esto sigue constituyendo un amargo insulto para los vecinos, que estuvieron cuatro horas esperando en una sala, oyendo a funcionarios y empleados hablar, sin entenderlos, sobre el futuro de una tierra que se encuentra tan cerca de sus hogares. Aunque en esta sesión de febrero sí se facilitan servicios de interpretación, Indira Garmenia, una vehemente organizadora de GreenRoots, se expresa en español y recuerda al comité: “En noviembre de 2017, ustedes, el mismo comité que está hoy aquí, se reunieron a propósito de este proyecto. La única vez que se oyeron palabras en español fue cuando yo ofrecí mi testimonio. Eso fue claramente una violación de nuestros derechos civiles.”

Al final de la sesión, los vecinos y organizadores proclaman “¡Cuando luchamos, ganamos!” ante un auditorio que se va vaciando.

 

Las casas conforman un telón de fondo para el tráfico de mercancías en el puerto de Boston.

 

Ganar esta batalla sería una pequeña demostración de autonomía sobre la zona ribereña de Chelsea Creek, acosada desde varios frentes. Un mes después de la sesión, John Walkey, vecino de East Boston y coordinador de la iniciativa sobre la zona ribereña para GreenRoots, describe las formas en que los grupos de la comunidad colaboraron para proteger Chelsea e East Boston ante las industrias que rodean el río y, al mismo tiempo, restablecer el acceso al agua. La oficina de GreenRoots está en la orilla opuesta a la del emplazamiento de la subestación, y se encuentra en la vecina Chelsea. Desde sus ventanas se ven pasar los barcos. En la primera década del siglo, GreenRoots organizó a los vecinos y logró frenar la instalación y construcción de una planta de energía de combustión de diésel muy cerca de una escuela elemental en Chelsea.

Walkey explica ahora en Chelsea: “Hay tres lados de la ciudad rodeados de agua y, sin embargo, nadie tiene acceso a ella.” A lo largo de los años, distintos abogados de East Boston lucharon en favor de proyectos de apertura de la zona ribereña. Una organización, Harborkeepers, pretende redefinir East Boston como una comunidad ribereña. Los voluntarios de Harborkeepers acarrearon basuras desde la arena en los días con más viento de Boston: bolsas de papas fritas, latas de cerveza aplastadas y bolsas de plástico rotas. La oficina de la organización da al posible emplazamiento futuro de la subestación de Eversource. Las paredes están cubiertas de planos de East Boston, imágenes por satélite de los escarpados accidentes geográficos y las construcciones.

En este espacio, Heather O’Brien, anterior proyectista para la comunidad de la organización, aporta información sobre su comunidad. Lleva casi seis años viviendo en el barrio de Orient Heights. Ella y la actual directora, Magdalena Ayed, junto con otros activistas del barrio, organizaron limpiezas comunitarias, coordinaron formaciones de preparación frente a emergencias e impartieron educación medioambiental a los niños de Eastie. O’Brien deja claro que la zona ribereña de East Boston es un lugar de lucha, simbólica y literal, en estos barrios. Encajonados entre el aeropuerto, la contaminación industrial y ahora urbanizaciones de lujo, los vecinos podrían verse a sí mismos como una comunidad que guarda relación con el puerto, el mar y el río. El aislamiento de East Boston también llevó a O’Brien y otras personas a pensar en los desiguales futuros que podrían materializarse en caso de emergencia; sobre todo, para las poblaciones que están lingüísticamente aisladas.

“Hace un par de años mantuvimos una reunión en la comunidad sobre preparación frente a emergencias. Fue después del huracán Sandy y estuvimos pensando que, si los vientos y las corrientes hubieran sido sólo un poco distintos, nos podría haber tocado a nosotros. East Boston está desconectado de todo y tenemos muchísima gente sin acceso a un coche que no tendría adónde ir”.

Una situación de emergencia es exactamente lo que temen los residentes de Eagle Hill. Las inundaciones preocupan a la mayoría de vecinos que se oponen abiertamente a la subestación de Eversource. La empresa asegura que la subestación está diseñada teniendo en cuenta varios pronósticos estándar de inundaciones, como los niveles de tormentas de FEMA para quinientos años, y las previsiones de la ciudad para 2070. Sin embargo, dadas las predicciones de subida del nivel del mar en East Boston, los vecinos están reevaluando las posibilidades para su zona ribereña, recelosos ya de obras nuevas de cualquier tipo.

El doctor Marcos Luna, vecino de Eagle Hill y profesor de geografía en la universidad de Salem State, declaró que Eversource fue incapaz de demostrar que la subestación pueda resistir una inundación y afirmó que el análisis de inundaciones llevado a cabo por los consultores de Eversource “no tenía nada que mostrara las previsiones del alcance de las inundaciones en el futuro.” Elaboró sus propios mapas, que GreenRoots distribuyó entre los vecinos contrarios al proyecto. También sostuvo que Eversource no usó las cifras más pesimistas al elegir la elevación. El doctor Luna determinó que la estación quedaría dentro, y no fuera, de las previsiones del gobierno municipal sobre subida del nivel del mar entre 2050 y 2070, como sugiere Eversource. Además, no hay impedimentos legales para que la compañía mantenga la estructura en pie después de 2070, incluso aunque las inundaciones empeoren. Si llega un huracán del calibre de Sandy, la subestación está en una zona de evacuación de huracanes.

En lugar de una subestación eléctrica, el doctor Luna preferiría ver algo que pueda inundarse sin peligro. “Algo”, dice, “que ayude a los procesos naturales, que permita que los humedales se recuperen de manera natural.” Los vecinos contrarios a la subestación expresaron su interés por una zona verde que pueda hacer frente a un río que crece con los agentes contaminantes, la lluvia y la pleamar. Con una porción tan grande de Eastie expuesta al agua, los vecinos se preguntan qué les pasaría a quienes viven cerca de estas instalaciones durante el próximo gran huracán.

 

Un conjunto de enormes bidones de combustible se cierne sobre Chelsea Street.

 

Hay zonas de East Boston que huelen a salitre y aire marino. De vez en cuando, una gaviota se posa en Maverick Square, buscando la costa en el ajetreo de los trabajadores que salen de la estación de tren. En muchas partes de Eastie, el agua es la frontera inconstante entre las nuevas construcciones y las viejas industrias. Cuando hay huracanes, el agua inunda sótanos y depósitos y sube hasta los aparcamientos de las tiendas de comestibles y los recodos de las calles en busca de su nivel. El de Boston siempre fue un puerto activo en el que langosteros y estibadores se ganaban la vida. Pero hoy, los promotores inmobiliarios sueñan con rutas de taxi acuático que conecten islas de viviendas de lujo entre East Boston y el Seaport. Preciosos paseos portuarios bañados en luz dorada y un litoral salado conviven en las representaciones de estos nuevos edificios, cuyos nombres recuerdan pasados marítimos. Aunque la ciudad necesita viviendas nuevas, la mayoría de éstas se alquila a precios de lujo. Además, los departamentos grandes escasean, lo que supone aún más presión para las familias que tratan de asentarse aquí.

En la parte norte de East Boston, HYM Properties, un promotor multimillonario, está en proceso de urbanizar Suffolk Downs, un antiguo hipódromo cerca de Revere y de la marisma de Belle Isle. La propiedad, de 161 acres, es una de las más extensas de Greater Boston, un revoltijo de todo tipo de nuevos servicios que llegó a caracterizar el urbanismo de Boston en la década de 2010. La estampa es descomunal: HYM prevé añadir diez mil viviendas nuevas; una ambición nada despreciable teniendo en cuenta que en East Boston viven cuarenta y cinco mil personas.

Las urbanizaciones Clippership Wharf y Portside at East Pier, de reciente construcción e inspiración náutica, se sitúan en la parte oeste de la península, cerca de Maverick Square, y trajeron consigo la nueva oleada de profesionales jóvenes y ricos. En la propiedad no hay parque de juegos pero sí un parque canino, señal evidente de a quién pertenecerá el lugar. La arquitectura es agobiante y las fachadas parecen indistinguibles de una residencia universitaria: no son grises y geométricas, sino de colores rojos y naranjas subidos.

 

Sábado en Maverick Square, en East Boston.

 

Estos edificios abarrotan agresivamente el puerto, con la excepción de la diminuta franja de East Pier Drive. Aunque, en teoría, cualquiera puede acceder a esta parte de la costa, las urbanizaciones no resultan acogedoras. Sus bloques de departamentos se ciernen sobre el peatón como una fortaleza. En 2050, partes de Portside y Clippership Wharf serán susceptibles de sufrir oleajes e inundaciones provocados por huracanes, según las predicciones municipales. Los promotores de Clippership crearon un parque costero en el lateral que da al puerto para proteger el edificio y a sus inquilinos frente a la crecida de las aguas. Partes de la urbanización se elevarán veinticinco pies para permitir inundaciones intencionadas; los arquitectos prevén que el agua discurra por la zona de retención prevista de la propiedad. Allí donde hay recursos, es fácil proteger la costa.

Las zonas de ribera son lugares extractivos. Quienes tenían capital consiguieron multiplicarlo gracias la actividad industrial y manufacturera y, en la economía actual, a la promoción inmobiliaria costera. Los miembros de la comunidad se ven a menudo atrapados entre estos dos polos. Proyectos como los de la subestación y edificios de departamentos de lujo convierten el litoral en un escenario de disputa constante, con unas fuerzas externas que imponen proyectos a vecinos de toda la vida.

Durante todo 2019, GreenRoots actuó de intermediario en el caso de la subestación. Las sesiones se eternizaban en salas anodinas en sofocantes días de verano. Los servicios de interpretación mejoraron, pero sólo un poco. Aliados y vecinos por igual se presentaban una y otra vez para expresar su enfado ante el proyecto, convertido en pararrayos de la justicia climática y medioambiental en Greater Boston.

A principios de marzo de 2020, Massachusetts aplazó la sesión final del proyecto debido a la Covid-19. La pandemia interrumpió el proceso de opinión pública en torno al proyecto y frenó también gran parte de la actividad industrial que bordea el río y tanto East Boston como Chelsea. Una vez más, Eastie se convirtió en un microcosmos de las crudas desigualdades de la vida estadounidense. Los índices de contagio en Chelsea son los más altos del estado, y el de East Boston es más alto que el promedio de la ciudad. Una clase profesional de trabajadores intelectuales se queda en casa y encarga bienes y comida a domicilio, mientras que una clase trabajadora se expone al virus mientras reparte mercancías, repone estanterías y sirve comidas. Cuando la autoridad que regula el tránsito redujo el servicio en Greater Boston, los trabajadores de East Boston y Chelsea se subían a trenes y autobuses abarrotados, incapaces de seguir las recomendaciones sobre distancia social sin perder con ello su medio de vida. Más tarde, la autoridad volvió a añadir servicios para aliviar el hacinamiento, pero no sin algo de indignación popular, que seguía un patrón demasiado familiar.

Los mismos organizadores que atestaban las salas en las sesiones sobre el proyecto de subestación hicieron todo lo que pudieron para mantener a salvo a su comunidad, a pesar de un gobierno que continúa poniéndolos en peligro. Mientras la pandemia sigue dejando en evidencia las ya profundas disparidades que se dan en Boston, tal vez podrían posibilitarse nuevas formas de gobernanza que incluyan redes de protección social más amplias. La contaminación y los patógenos siguen rutas históricas, coladeros de desigualdades que vienen de largo; sus consecuencias siguen las estructuras que ya están en vigor. Lo que nos espera en un planeta sometido al calentamiento global y con un nivel de las aguas en ascenso es incierto. Lo que es fundamental es reformular los sistemas que permiten estas injusticias. O

 

Saritha Ramakrishna es escritora y vive en Boston. Trabajó en planificación municipal y actualmente se dedica a la defensa del medio ambiente.

 

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